En una plática entre amigos surgió la siguiente pregunta: ¿el amor despierta el deseo sexual? Para contestarla es importante aclarar a qué nos referimos con el amor, el deseo, y reflexionar sobre su repercusión en el erotismo.

Para Sternberg, uno de los teóricos más reconocidos sobre este tema, el amor de pareja está construido a partir de tres pilares fundamentales: la intimidad (compartir experiencias personales y confidencias, deseo de cercanía y conexión), el compromiso (decidir querer a alguien más y mantener ese cariño por un largo plazo) y la pasión (deseo sexual o romántico, excitación psicológica, deseo intenso de unión y atracción física). Así, un vínculo de amistad puede tener intimidad y compromiso, pero lo que lo convierte en un vínculo romántico es la pasión, lo erótico.

Rafael Manrique (2019) menciona que “lo erótico tiene algo de indomable, de no cultural, de animal, de ahí nuestro pudor frente a su exhibición y la dificultad para manejar la cercanía corporal. Pero negar esa parte nuca es buena idea. Lo animal también existe. De hecho, cuando la práctica erótica es demasiado suave, demasiado noble, demasiado cultural, demasiado dulce, se convierte en poco atractiva, poco pasional”. Comenta que el matrimonio como lo concebimos nos ha alejado de lo pasional; el amor comprendido en el matrimonio y la cotidianidad compartida requieren de rutinas, tiempos establecidos, predictibilidad, organización… y cuando hay hijos estos elementos se vuelven fundamentales para inculcar en ellos buenos hábitos.

Por su parte, Helen Fisher, una antropóloga que analiza el comportamiento humano, explica que la lujuria es costosa desde el punto de vista metabólico (lo mismo sucede con el enamoramiento: imaginemos lo desgastante que sería sentir que nos desvanecemos cada vez que miramos a nuestra pareja). Afirma que es difícil mantener con vida esos sentimientos después de haber recibido la recompensa evolutiva: los hijos. Pero, ¿qué pasa entonces con el erotismo, el cual necesita de sorpresa, espontaneidad y novedad?

Esther Perel (2019) nos brinda una opción, una clave para mantener la pasión en la relación de pareja cuando se ha decidido que dure por un largo plazo a pesar de los obstáculos y de la monotonía es: la diferenciación del otro. No se desea lo que se tiene, lo que se conoce; se desea lo extraño, lo distinto. Es decir, cuando estamos en pareja por mucho tiempo nos vamos mimetizando con el otro a tal grado de parecernos físicamente, comprender lo que nos quiere decir con una mirada o predecir su comportamiento; cuestiones que van mermando cada vez más la sorpresa, lo pasional y lo erótico. Pero darnos cuenta de ello y enriquecernos de maneras distintas, aprender nuevas cosas, cuidar de nuestras potencialidades de atracción y nutrirnos cada cual (con actividades fuera del hogar, conociendo lugares solos e incluso difiriendo en una opinión) nos hace atractivos.

¿Es posible volver a sentir esa pasión con nuestra pareja de muchos años, con quien compartimos la vida cotidiana y la rutina? ¿Podemos decidir sentir nuevamente las sensaciones del enamoramiento con pasión desbordada? Sí, pero que se requiere determinación y madurez emocional para trabajar e invertir esfuerzos en este reencuentro con el otro.

¡Otro interesante aquí!

¿Te gustaría romper hoy con la rutina de tu hogar y llegar mañana con una sonrisa a trabajar? Porque se lo merecen, procúrense un momento de espontaneidad.